lunes, 26 de noviembre de 2012

unaDeTodas - El hippie y el abogado Parte III (final)

Chicas

Voy a tratar de liquidar esta hoy.

Habíamos quedado con una chica protestando y un chico en una actitud muy extraña.

En consecuencia, los días siguientes, traté de evitarlo lo más posible. Sin embargo, llegó el momento en el que los necesité.

Una noche, había ido a La Barra como tercera rueda (salí con una amiga y su novio). Si hay algo peor que ir de tercera rueda, es ir de tercera rueda a un boliche. ¿Por qué? Porque quedás sola, y parecés regalada. Y nunca falta el ladilla que te tira los perros.

Estaba ahí, disfrutando de mi rol tercerruedista, cuando ví a un amigo. El gringo. El gringo se había enamorado de mi, o eso él creía. No se había enamorado. Le parecí linda. Le dije que no. Oh, magia, se enamoró.

El gringo notó mi cara de culo con mis amigos, e insistió llevarme a casa. Le dije que no quería, pero se puso taaaaaaaaaaaaaan insufrible que le terminé diciendo que si. Me dijo que si tenía con quien quedarme, que me quedara. Pero que se preocupaba si quedaba sola, a la espera de cazadores.

A medio metro de su auto: la salvación. Encontré con quien quedarme: encontré al hippie.

Parece mentira: un plomo para sacarme otro plomo.

Me vino a saludar muy efusivo (creo que mi carita de desesperación era fácil de interpretar) y me invitó a quedarme con sus amigos, los cuales yo ya había conocido. El abogado me saludó, su simpatía acentuada por unas cuantas copas, y me presentó a un primo y su novia. Me entretuve con la parejita, escuchando como se conocieron en la universidad en Estados Unidos, siendo él uruguayo y ella argentina.

Al rato, cuando ya me había olvidado de mi noche como tercer rueda y del dramón del gringo, llegó la hora de decidir boliche. La parejita feliz se fue, ya que ella tenía vuelo temprano. Algunos de los chicos tenían invitaciones para un boliche exclusivo. Yo terminé con (como dice el título) el hippie y el abogado en un boliche.

Bailamos los tres, la pasamos muy bien, pero a la hora de volvernos, me puse firme. Ambos estaban alcoholizados y no iba a permitir que manejaran. Yo, sobria y sin libreta, era menos peligrosa.

Yo tenía las llaves del hippiemóvil. El abogado me dijo que no era un niño, y se fue manejando tranqui, seguido por mi, manejando el hippiecar, a dos metros de distancia. Al llegar a la punta, como no había tránsito, lo dejé tranquilo.

Quise dejar al hippie en su casa y caminar hasta casa, pero insistió en que no caminara, así que me dejó en casa y se fue manejando despacito.

El abogado me mandó un mensaje: "Mamá pato, llegué a casa". El hippie: "Llegué nena".

Volví a ver al hippie un día. Hablamos, charlamos sobre sus comentarios bobos y mis respuestas ácidas. Nos divertimos bastante, quedamos como amigos.

Los dos años siguientes nos hemos cruzado varias veces. Nos saludamos bien, nos reímos un rato y cada uno sigue por su camino. Veo muchos a sus amigos en los boliches de acá y nos reímos.

Y me sigo riendo del ying y el yang que eran esos dos flacos, mejores amigos, que tuve la suerte de conocer

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