lunes, 19 de noviembre de 2012

unaDeTodas - El diplomático Parte III

Estaba a punto de largar el blog al demonio hasta que vi que tenía tres visitas en el día de hoy, y eso me re emocionó.

Si tres personas se tomaron el rato de entrar, yo me tomo el rato de escribir.

Voy a retomar mi cuento de hadas.

Habíamos quedado en La Giralda. Ese día estaba con un jean, remera blanca (que me quedaba enorme), all stars blancos... Clásico look de estudiante en un lunes. Aunque... ¡Admito que me maquillé!

Llegamos al café y nos sentamos en una mesa grande del centro. Cuando terminé de sacarme el saquito, la cartera del hombro, la pinza del pelo y los nervios de encima, lo miré. Mis ojos se encontraron con la mirada fija de los ojos azules/celestes más impresionantes que he visto.

Me pedí un café, él un té, y pidió un apple crumble para cada uno (tengo un problema con tomar decisiones a la hora de comer).

Ese fue el principio de un show de media hora. No podía creer que una persona pudiera hacer tanto show con una taza de té. Los años en Oxford y los cursos de protocolo le habían enseñado mucha ceremonia alrededor de la comida. Me sentía un cavernícola al lado de tanta pulcritud y etiqueta.

Charlamos, nos tomamos el pelo... Siempre fui muy ácida y demostré el menor interés posible (aunque, tenía algo que me podía).

Al rato salimos, y mi mamá me pasaba a buscar por la facultad, así que volvimos. De camino, nos cruzamos con un muchacho que me había invitado a cenar unos meses atrás (¡qué chica suertuda..! Esa noche, me mandó un mensaje preguntando quién era "el del traje"). Espero a que mi mamá llegara y después se fue, caminando con un paso tranquilo.

Para dar púa, le mandé un mensaje esa noche:
- El chico que nos cruzamos, me había invitado a cenar
- Parece mi hermano mayor
- Opa, ¿no te gustó la competencia?
- Competencia, mmm

Enseguida llegó Semana Santa y se fue al casamiento de su hermana a Salto. Cuando llegó, me invitó a un concierto de tango, pero estaba estudiando Álgebra con amigos, y lo tuve que abandonar.

Seguíamos hablando mucho, muchos mensajes y Facebook, pero siempre me invitaba a planes complicados, que yo no podía cumplir.

Una noche, me mandó un mensaje, diciendo que estaba con su hermana en el cumpleaños de una amiga. Le mandé un mensaje diciendo que se consiguiera una chica de su edad. ¿Su respuesta? "Está lleno de mujeres, pero no me gusta ninguna. La que me gusta se preocupa más por los libros que por mi".

Un par de días después, me invitó a un evento del trabajo, una ópera japonesa. Un evento de etiqueta, con todo el protocolo. Le dije que lo tenía que pensar.

A los días, le respondí que no podía porque tenía una clase a esa hora. Me respondió: "Justo que me había recortado el bigote..." (porque, a todo esto, seguíamos con miles de mensajes, una sola salida arriba... y ni un beso).

En el día del evento, le mandé un mensaje: "Que te diviertas, espero que mi sustituta encare!". Me respondió: "Mi hermana es muy linda e inteligente". Admito que eso me mató, ya que era un plan que a muchas mujeres les hubiera gustado, y no fue con otra (vi una foto en el diario con la hermana, no le creía mucho).

Sin mucha más novedad, pasaron las semanas... Muchos mensajes tiernos, pero nunca le dije que si a ningún plan. ¿Por qué? Les voy a decir la verdad: me gustaba muchísimo, y el dia en La Giralda me contó que tenía un destino a fin de año. Me dió pánico enamorarme. Enamorarme y que se fuera, y quedar acá con el corazón roto.

Sin embargo, mi plan de no quererlo no me funcionaba mucho. El tipo era encantador y yo le importaba. Y me seguía llamando, a pesar de todas mis negativas. A mi, que nunca tuve mucha autoestima, eso me mataba.

El 21 de mayo, en teoría, se acababa el mundo. A las tres de la tarde me llegó el mensaje más cursi del planeta, pero que me movió el piso. No lo puedo poner acá por respeto, pero fue muy tierno. Y eso me decidió: voy a darle la chance.

A todo esto, el muchacho viajó a Chile. A los dos días, desastre natural. Hasta que me llegó un mensaje de: "estoy bien", caminaba por las paredes. Mi ansiedad fue la confirmación: lo quería.

Llegó de Chile un lunes, el martes fuimos a almorzar. Nuevamente, fui vestida tan horrible que me impresionaba a mi misma. Creo que parte de mi quería que él no se interesara en mi. No soy psicóloga, es más, estoy media loca, pero bueno. Creo que era algo así.

Un lugar precioso, comida exquisita, charla bien ácida... Una cita perfecta para mi.

Le había comentado que me gusta Sabina; me llevó a un restaurant donde la música es toda de Sabina.

Cuando terminamos de comer, pidió la cuenta. Cuando amagué a sacar la billetera, me pidió que no lo insultara. "Hace tres meses que espero por esto".

Al salir, me dió un chocolate. Sabia que amo el chocolate, aunque soy alérgica. Consiguió el chocolate más puro que existe, porque cuanto más puro, menos dañino me resulta. Me miró y me preguntó: "¿no me toca un beso?". Le respondí que no, y que si iba por la vida pidiéndolos, iba a tener poco futuro. No le di chances de que hiciera nada, porque salí caminando.

Cuando se recuperó del plantón, me alcanzó riéndose. "Sos dura nena...".

Llegamos a la esquina, miré para cruzar y se me puso adelante. Me miró a los ojos, puso su mano en la parte baja de mi espalda y me llevó hasta él. No sé si me dió un beso o se lo dí yo.

Si sé que mi plan de no enamorarme se me estaba yendo por el caño.




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