Chicas
Hoy descubrí una de esas sensaciones que siempre me intrigaron, pero sabía que era mejor no conocer.
Es como Papa Noel: sospechás que hay algo que no conoces, pero que es mejor no saber.
Por primera vez, supe lo que es tener el corazón roto. Entendí de que se trata y por qué ese nombre.
Es una sensación espantosa en el pecho, como que algo no está funcionando bien. Una angustia que te ocupa todo el pecho, que no habías sentido nunca, y que te va sacando el aire de a poquito. Podés respirar, pero no se siente bien. Duele.
A todo esto, de a poco vas entendiendo que es lo que te pasa: algo te afectó mucho. Racionalmente, entendés que no estás enferma. Pero duele. Duele y duele y no hay forma de que pare esa opresión en el pecho.
A la vez, hay algo en tu interior que te da ganas de llorar. No un llanto femenino y delicado. Un llanto de lobo aullando a la luna. Ese llanto-grito que te saca el dolor. Pero no podés vocalizarlo.
Y de a poco, sentís que te quebrás. Se quiebra algo adentro, se quiebra como vidrio.
Cuando pasa, queda un dolor sordo en el pecho.
Con razón le dedican tantas películas: un evento así es algo memorable.
domingo, 16 de diciembre de 2012
martes, 4 de diciembre de 2012
unaDeTodas - El Viejito Lindo Parte III
Chicas
Perdón la demora, días medio tristes, las cosas están complicadas en el presente, mejor no revolver el pasado.
¿Dónde estábamos? Ah, si, en que me dijo de hacer algo. Y veremos.
Llegué a casa y me llama Juan, a decirme de todo. Lo dejé hablar un rato y cuando terminó le pregunté:
- ¿Terminaste?
- Si, pero...
- Chau - y corté. Nunca fui de histeriquear, pero no estaba de humor para su pseudoamor telefónico. No loco, no funciona así. Me encanta mi celular, pero ¿tener una relación con él? Paso.
Me fui a dormir, enojada con Juan y enternecida por el viejito. Re buena onda, divertido, pero había demostrado que podía ser tierno y tener onda. Me gustó.
Día siguiente, lunes. Mientras me ponía la pollera del uniforme me sentí una nena. Me reía sola por lo bajo, pasé de peleadora el domingo a estudiante responsable el lunes.
El día pasó sin muchos eventos trascendentes, algún que otro mensaje de Juan, que eran cosa cotidiana, pero no le dí bola. No estaba de humor.
Llegué a casa y tenía una nueva solicitud de messenger. Si, messenger. Que vieja que soy. Obviamente: el viejito lindo. Lo agregué y, como estaba en el trabajo, estaba conectado. Nos reímos mucho, siempre con esas peleítas ácidas.
Así pasaron lunes, martes. El miércoles no, porque es su día libre. Jueves y viernes, al igual que los primeros días de la semana, con charlas eternas, interrumpidas de a ratos por su trabajo y mi estudio.
El sábado yo estuve libre, adelantando entregas, con la compañía del muchacho, que también trabajaba los fines de semana.
El domingo, salía antes del trabajo, me dijo de ir a charlar un rato.
Fuimos a la Plaza Virgilio. Él llevó su inseparable mate, yo un tupper de brownies. Tomé dos mates y me sentía hiperactiva, ya que nunca tomo. Encima yerba Canarias... Al borde de los temblores.
Al lado nuestro, dos muchachos con guitarras y cantando. Cantaban muy lindo, y nosotros los aplaudíamos cada tanto. Mientras caía el sol y el cielo cambiaba de colores y nosotros seguíamos hablando.
Cayeron unas gotas, así que entramos al auto y seguimos charlando. ¿Opinión personal? Eviten los espacios cerrados y/o demasiado privados. Generan una corriente... diferente. Me agarraba la mano, me hacía mimos... Y cuando me abrazó, le pedí por favor que no me diera un beso. Y se comportó.
Sin embargo, el problema era yo. Con cero experiencia, no sabía que existen ciertas cosas que afectan a los hombres. Por ejemplo, los mimos en los brazos. Las miradas fijas y largas a los ojos. Morderse los labios. Cosas que yo creía inocentes y que hacía, un poco de nerviosa, un poco de no saber que hacer, pero que poco a poco lo fueron afectando.
Me tomaba el pelo, deseando que llegara mi cumpleaños, ya que le mataba que fuera menor. Lo miré, seca, y le dije:
- Mirá que de un día para el otro no voy a madurar, ni voy a cambiar lo que opino.
- No es por eso. Pero sos MENOR. ¡Imaginate la cara de mi madre!
- Pff, imaginate la de mi padre - retruqué yo.
Me dejó en casa de noche, más confundidos que antes.
Perdón la demora, días medio tristes, las cosas están complicadas en el presente, mejor no revolver el pasado.
¿Dónde estábamos? Ah, si, en que me dijo de hacer algo. Y veremos.
Llegué a casa y me llama Juan, a decirme de todo. Lo dejé hablar un rato y cuando terminó le pregunté:
- ¿Terminaste?
- Si, pero...
- Chau - y corté. Nunca fui de histeriquear, pero no estaba de humor para su pseudoamor telefónico. No loco, no funciona así. Me encanta mi celular, pero ¿tener una relación con él? Paso.
Me fui a dormir, enojada con Juan y enternecida por el viejito. Re buena onda, divertido, pero había demostrado que podía ser tierno y tener onda. Me gustó.
Día siguiente, lunes. Mientras me ponía la pollera del uniforme me sentí una nena. Me reía sola por lo bajo, pasé de peleadora el domingo a estudiante responsable el lunes.
El día pasó sin muchos eventos trascendentes, algún que otro mensaje de Juan, que eran cosa cotidiana, pero no le dí bola. No estaba de humor.
Llegué a casa y tenía una nueva solicitud de messenger. Si, messenger. Que vieja que soy. Obviamente: el viejito lindo. Lo agregué y, como estaba en el trabajo, estaba conectado. Nos reímos mucho, siempre con esas peleítas ácidas.
Así pasaron lunes, martes. El miércoles no, porque es su día libre. Jueves y viernes, al igual que los primeros días de la semana, con charlas eternas, interrumpidas de a ratos por su trabajo y mi estudio.
El sábado yo estuve libre, adelantando entregas, con la compañía del muchacho, que también trabajaba los fines de semana.
El domingo, salía antes del trabajo, me dijo de ir a charlar un rato.
Fuimos a la Plaza Virgilio. Él llevó su inseparable mate, yo un tupper de brownies. Tomé dos mates y me sentía hiperactiva, ya que nunca tomo. Encima yerba Canarias... Al borde de los temblores.
Al lado nuestro, dos muchachos con guitarras y cantando. Cantaban muy lindo, y nosotros los aplaudíamos cada tanto. Mientras caía el sol y el cielo cambiaba de colores y nosotros seguíamos hablando.
Cayeron unas gotas, así que entramos al auto y seguimos charlando. ¿Opinión personal? Eviten los espacios cerrados y/o demasiado privados. Generan una corriente... diferente. Me agarraba la mano, me hacía mimos... Y cuando me abrazó, le pedí por favor que no me diera un beso. Y se comportó.
Sin embargo, el problema era yo. Con cero experiencia, no sabía que existen ciertas cosas que afectan a los hombres. Por ejemplo, los mimos en los brazos. Las miradas fijas y largas a los ojos. Morderse los labios. Cosas que yo creía inocentes y que hacía, un poco de nerviosa, un poco de no saber que hacer, pero que poco a poco lo fueron afectando.
Me tomaba el pelo, deseando que llegara mi cumpleaños, ya que le mataba que fuera menor. Lo miré, seca, y le dije:
- Mirá que de un día para el otro no voy a madurar, ni voy a cambiar lo que opino.
- No es por eso. Pero sos MENOR. ¡Imaginate la cara de mi madre!
- Pff, imaginate la de mi padre - retruqué yo.
Me dejó en casa de noche, más confundidos que antes.
sábado, 1 de diciembre de 2012
unaDeTodas - El Viejito Lindo Parte II
Chicas
Hay dos frases que siempre me acuerdo con este cuento. La primera es que "no hay fuerza más fuerte que una mujer despechada". Se la quería cobrar a Juan. La segunda, "no calientes lo que no te vas a comer".
Obvio que no les hice caso.
Llegué y el viejito con una sonrisa de oreja a oreja. La cara de Juan era un poema. Pasó por varios colores, desde rojo de rabia hasta violeta de "te parto la cara". Fui saltando hasta el viejito y le dije: "¿Qué comemos?", con una sonrisa dulce. Ahí Juan explotó, media vuelta y se fue. Y yo riendome por lo bajo.
El viejito, que de bobo no tiene un pelo, me dijo de ir a comer algo, pero ya estaba el almuerzo organizado ahí.
Al rato, vino una ex de él. Me pareció una de esas mujeres que los hombres adoran y las mujeres odiamos. Demasiado producida para una chica tan joven, y con esa cara de desprecio que los hombres no parecen ver. ¿Saben de lo que estoy hablando? Esas chicas producidas, que los hombres encuentran divinas y que las mujeres les vemos cara de yeguas.
Decidí alejarme, porque cuando llegó, la muchacha me miró con un desprecio tan grande que me desagradó.
Mientras su ex recibía mucha atención, el viejito vino a charlar conmigo, que estaba entretenida limpiando y atendiendo gente. Me dijo:
- Me encantan las mujeres laburadoras, que no tienen miedo a romperse una uña.
- No parece - le dije, indicando con mi cabeza a su ex.
- Es buena, a pesar del aspecto de...
- Entendí. Dale bola che
- Prefiero darte bola a vos, ¿no puedo?
Cuando la chica se fue, nos pusimos a bajar cajas de una despensa, y el viejito se lastimó un hombro. Salimos al sol y empecé a tratar de masajearlo para que le pasara el dolor.
- Linda, ácida, masajes... ¿De dónde te sacaron a vos?
- Edición limitada querido.
- Che, ¡yo también quiero masajes! - gritó uno que llegaba.
- Bueno, correte miijo - dije, echando al viejito de la silla.
Llegó Juan al rato y me encontró rodeada de hombres, charlando y riéndome, mientras el viejito no se iba de mi lado. No dió bola y se puso a charlar con unos en la puerta.
Al caer la noche, el viejito y yo ya éramos amigos. Juan me vino a hablar, a decirme que no le parecía bien, que era muy mayor.
- ¿Perdón? Es solo dos años mayor que vos Juan.
- No es lo mismo 8 años que 10.
- No es lo mismo alguien que me ignora, que alguien que me da bola.
- ¿Te da bola?
- Más que vos seguro - y me fui a charlar con un señor mayor que acababa de llegar.
A eso de las 12, llegó la hora de irnos, y había decidido irme con Juan, tratar de hablar. Le dije:
- ¿Me llevás?
- Creo que hay otra persona que le gustaría tener el placer de tu compañía - me respondió, seco.
- ¿Y si prefiero la tuya?
- No me armes lio.
- ¿Sabés que? Tirate a un pozo, hijo de tu madre. - media vuelta y enfilé para el viejito.
En el auto, iba al borde de un ataque de nervios. En el auto con un desconocido al cual había estado peleando y buscando toda la tarde. Inteligente la gurisa.
El loco se había convertido del peleador de todo el día a un loco dulce. Me preguntó si quería salir con él. Le dije que no lo conocía. Me respondió que ese es el motivo por el que la gente sale, para conocerse. Al llegar a casa, me preguntó:
- ¿Si o no?
Abrí la puerta del auto. Me bajé. Antes de cerrar la puerta le dije:
- Capaz, si tenés suerte.
Quedó con los ojos abiertos de par en par, con una sonrisa boba.
Y yo, un poco, también.
Hay dos frases que siempre me acuerdo con este cuento. La primera es que "no hay fuerza más fuerte que una mujer despechada". Se la quería cobrar a Juan. La segunda, "no calientes lo que no te vas a comer".
Obvio que no les hice caso.
Llegué y el viejito con una sonrisa de oreja a oreja. La cara de Juan era un poema. Pasó por varios colores, desde rojo de rabia hasta violeta de "te parto la cara". Fui saltando hasta el viejito y le dije: "¿Qué comemos?", con una sonrisa dulce. Ahí Juan explotó, media vuelta y se fue. Y yo riendome por lo bajo.
El viejito, que de bobo no tiene un pelo, me dijo de ir a comer algo, pero ya estaba el almuerzo organizado ahí.
Al rato, vino una ex de él. Me pareció una de esas mujeres que los hombres adoran y las mujeres odiamos. Demasiado producida para una chica tan joven, y con esa cara de desprecio que los hombres no parecen ver. ¿Saben de lo que estoy hablando? Esas chicas producidas, que los hombres encuentran divinas y que las mujeres les vemos cara de yeguas.
Decidí alejarme, porque cuando llegó, la muchacha me miró con un desprecio tan grande que me desagradó.
Mientras su ex recibía mucha atención, el viejito vino a charlar conmigo, que estaba entretenida limpiando y atendiendo gente. Me dijo:
- Me encantan las mujeres laburadoras, que no tienen miedo a romperse una uña.
- No parece - le dije, indicando con mi cabeza a su ex.
- Es buena, a pesar del aspecto de...
- Entendí. Dale bola che
- Prefiero darte bola a vos, ¿no puedo?
Cuando la chica se fue, nos pusimos a bajar cajas de una despensa, y el viejito se lastimó un hombro. Salimos al sol y empecé a tratar de masajearlo para que le pasara el dolor.
- Linda, ácida, masajes... ¿De dónde te sacaron a vos?
- Edición limitada querido.
- Che, ¡yo también quiero masajes! - gritó uno que llegaba.
- Bueno, correte miijo - dije, echando al viejito de la silla.
Llegó Juan al rato y me encontró rodeada de hombres, charlando y riéndome, mientras el viejito no se iba de mi lado. No dió bola y se puso a charlar con unos en la puerta.
Al caer la noche, el viejito y yo ya éramos amigos. Juan me vino a hablar, a decirme que no le parecía bien, que era muy mayor.
- ¿Perdón? Es solo dos años mayor que vos Juan.
- No es lo mismo 8 años que 10.
- No es lo mismo alguien que me ignora, que alguien que me da bola.
- ¿Te da bola?
- Más que vos seguro - y me fui a charlar con un señor mayor que acababa de llegar.
A eso de las 12, llegó la hora de irnos, y había decidido irme con Juan, tratar de hablar. Le dije:
- ¿Me llevás?
- Creo que hay otra persona que le gustaría tener el placer de tu compañía - me respondió, seco.
- ¿Y si prefiero la tuya?
- No me armes lio.
- ¿Sabés que? Tirate a un pozo, hijo de tu madre. - media vuelta y enfilé para el viejito.
En el auto, iba al borde de un ataque de nervios. En el auto con un desconocido al cual había estado peleando y buscando toda la tarde. Inteligente la gurisa.
El loco se había convertido del peleador de todo el día a un loco dulce. Me preguntó si quería salir con él. Le dije que no lo conocía. Me respondió que ese es el motivo por el que la gente sale, para conocerse. Al llegar a casa, me preguntó:
- ¿Si o no?
Abrí la puerta del auto. Me bajé. Antes de cerrar la puerta le dije:
- Capaz, si tenés suerte.
Quedó con los ojos abiertos de par en par, con una sonrisa boba.
Y yo, un poco, también.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)