Chicas
Hay dos frases que siempre me acuerdo con este cuento. La primera es que "no hay fuerza más fuerte que una mujer despechada". Se la quería cobrar a Juan. La segunda, "no calientes lo que no te vas a comer".
Obvio que no les hice caso.
Llegué y el viejito con una sonrisa de oreja a oreja. La cara de Juan era un poema. Pasó por varios colores, desde rojo de rabia hasta violeta de "te parto la cara". Fui saltando hasta el viejito y le dije: "¿Qué comemos?", con una sonrisa dulce. Ahí Juan explotó, media vuelta y se fue. Y yo riendome por lo bajo.
El viejito, que de bobo no tiene un pelo, me dijo de ir a comer algo, pero ya estaba el almuerzo organizado ahí.
Al rato, vino una ex de él. Me pareció una de esas mujeres que los hombres adoran y las mujeres odiamos. Demasiado producida para una chica tan joven, y con esa cara de desprecio que los hombres no parecen ver. ¿Saben de lo que estoy hablando? Esas chicas producidas, que los hombres encuentran divinas y que las mujeres les vemos cara de yeguas.
Decidí alejarme, porque cuando llegó, la muchacha me miró con un desprecio tan grande que me desagradó.
Mientras su ex recibía mucha atención, el viejito vino a charlar conmigo, que estaba entretenida limpiando y atendiendo gente. Me dijo:
- Me encantan las mujeres laburadoras, que no tienen miedo a romperse una uña.
- No parece - le dije, indicando con mi cabeza a su ex.
- Es buena, a pesar del aspecto de...
- Entendí. Dale bola che
- Prefiero darte bola a vos, ¿no puedo?
Cuando la chica se fue, nos pusimos a bajar cajas de una despensa, y el viejito se lastimó un hombro. Salimos al sol y empecé a tratar de masajearlo para que le pasara el dolor.
- Linda, ácida, masajes... ¿De dónde te sacaron a vos?
- Edición limitada querido.
- Che, ¡yo también quiero masajes! - gritó uno que llegaba.
- Bueno, correte miijo - dije, echando al viejito de la silla.
Llegó Juan al rato y me encontró rodeada de hombres, charlando y riéndome, mientras el viejito no se iba de mi lado. No dió bola y se puso a charlar con unos en la puerta.
Al caer la noche, el viejito y yo ya éramos amigos. Juan me vino a hablar, a decirme que no le parecía bien, que era muy mayor.
- ¿Perdón? Es solo dos años mayor que vos Juan.
- No es lo mismo 8 años que 10.
- No es lo mismo alguien que me ignora, que alguien que me da bola.
- ¿Te da bola?
- Más que vos seguro - y me fui a charlar con un señor mayor que acababa de llegar.
A eso de las 12, llegó la hora de irnos, y había decidido irme con Juan, tratar de hablar. Le dije:
- ¿Me llevás?
- Creo que hay otra persona que le gustaría tener el placer de tu compañía - me respondió, seco.
- ¿Y si prefiero la tuya?
- No me armes lio.
- ¿Sabés que? Tirate a un pozo, hijo de tu madre. - media vuelta y enfilé para el viejito.
En el auto, iba al borde de un ataque de nervios. En el auto con un desconocido al cual había estado peleando y buscando toda la tarde. Inteligente la gurisa.
El loco se había convertido del peleador de todo el día a un loco dulce. Me preguntó si quería salir con él. Le dije que no lo conocía. Me respondió que ese es el motivo por el que la gente sale, para conocerse. Al llegar a casa, me preguntó:
- ¿Si o no?
Abrí la puerta del auto. Me bajé. Antes de cerrar la puerta le dije:
- Capaz, si tenés suerte.
Quedó con los ojos abiertos de par en par, con una sonrisa boba.
Y yo, un poco, también.
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