Bueno, así que ahí me tenían, caminando hacia la facultad con una confusión considerable.
Me imagino que se habrán dado cuenta que fue un tarde en la que mi cuerpo estuvo en clase, mi mente en otra.
A todo esto, los nervios, el clima y el polvo me dieron un ataque de asma considerable y terminé en el hospital, nebulizandome.
Esa noche me manda un mensaje: "Me movés el piso Loli". (Loli hace referencia a Lolita, el personaje de Nabokov, de una niña que enamora a un adulto... Era un chiste interno, bastante retorcido).
Sin embargo, me ganó el miedo. Si bien seguíamos hablando, decidí que no lo quería volver a ver.
A los días, en lo más crudo del invierno, me manda un mensaje sobre como venía aguantando el frío, ya que lo odio tanto. Le repetí que detestaba el frío y que huiría al Caribe. ¿Su respuesta? "Tengo un destino tropical, aprontá el vestido blanco". Si bien era un chiste, en el momento no me causó ninguna gracia.
Esa noche me pidió que lo acompañara a una fiesta de una embajada. Nuevamente, le dije que no.
Semana siguiente, me invitó al cine. Nuevamente: no.
Se dio cuenta de por donde venía la mano. Hablamos, le expliqué que se iba y que yo me quedaba, que no quería enamorarme... Fue comprensivo, y me dijo que no me iba a molestar más.
Pero yo seguía acordándome. Pasaba al lado de La Giralda casi a diario y eso me movía todo.
Un par de meses después, me enteré a donde le había salido destino. Se iba en un mes y medio. Le mandé un mensaje felicitándolo, escrito en el idioma de su destino. Charlamos, me dijo que me extrañaba, que extrañaba mis mensajes, mi ironía y acidez... Y accedí a verlo una última vez.
Fuimos a tomar el té a otra cafetería histórica, que se caracteriza por tener una fuente llena de candados. Las parejas colocan allí candados, con las iniciales grabadas, como simbolo de su amor. No se preocupen, no puse un candado ahí. Todavía no soy tan cursi.
Llegué antes que él, por lo que me puse a mirar los candados. A los dos minutos llega por atrás mio y me habla al oído. Pensando que era un chorro, me di vuelta con el puño cerrado, pronta para bajarle los dientes. Por suerte, vi quien era antes de pegarle.
Entramos y nos tocó el mozo más simpático que he conocido. Enseguida se volvió mi compinche y nos divertimos mucho, tomandole el pelo al señor diplomático-de-traje-impecable. A todo esto, el muchacho me miraba, medio celoso de mi complicidad con el mozo.
Charlamos, nos divertimos mucho, y me di cuenta de lo mucho que lo había estado extrañando.
Cuando salimos, me acompañó a donde me iba a tomar el ómnibus. De camino, pasamos por la vidriera de una joyería. Miré de reojo, a ver cuan horrible estaba mi pelo, y pensó que quería ir a mirar, por lo que me arrastró hasta la vidriera. Me pareció considerado, ya que todos los hombres huyen de las vidrieras, sobre todo de las caras. Me preguntó si quería algo, a lo que le revolee los ojos y seguí caminando.
Cuando llegamos a la parada, me miró como pidiendo un beso. No sabía que hacer. Decidí que lo decidiera el destino. Le di la espalda, mirando los ómnibus que pasaban. Si el próximo ómnibus era par, como el que esperaba, no le daba nada. Si era impar, él se salía con la suya. Obviamente, ¿siguiente bondi? Un D11.
Lo miré, con una media sonrisa, y entendió. Me dió un beso suavecito, casi como para no asustarme. Después, volví a darme vuelta, esperando el ómnibus. Me abrazó por atrás, pero no de una forma desubicada, sino que solo su pecho tocaba mis omóplatos.
Ahí tomé una decisión: en un mes, no me iba a enamorar. Decidí volver a verlo.
Un par de noches después, me dijo que me quería. Era justamente lo que yo no quería oír. Quería no quedarme con el: "¿Qué hubiera pasado si..?", pero no quería nada que me hiciera sufrir cuando se fuera.
Fuimos al estadio con sus amigos un par de semanas después. Me presentó con orgullo. Uno me adoró, el otro protestaba que no se llevan mujeres al estadio con amigos.
Un partidazo. Cuatro goles de Suárez, quedé afónica de gritar... Impresionante.
Cuando terminó, yo sabía que era la última vez que nos ibamos a ver, al menos solos.
Llegando a la parada, vi mi ómnibus. No lo pensé dos veces: lo abracé y le di un beso de esos que no se olvidan fácil. Los borrachos que estaban sentados en la vereda nos empezaron a aplaudir, pero estábamos en otro planeta. No le di tiempo de que dijera nada, porque salí corriendo rumbo al bondi.
Esas dos semanas previas a su viaje, me propuso planes a diario. Por suerte, la facultad proporcionaba buenas excusas.
La última vez que lo ví, fue en un evento similar a cuando nos conocimos. No estaba segura de que él fuera, pero cuando llegué y lo ví, tuve sentimientos encontrados. No sabía si quería verlo de nuevo, pero ya era demasiado tarde.
Yo tenía un vestido blanco con un estampado en negro, escote corazón, por las rodillas y de falda suelta. Tacos negros de 12 cm. Brushing. Abanico. Pocas veces digo que estaba linda, pero ese día sí que lo estaba. No linda de una manera provocativa. Linda y elegante. Los zapatos me hacían unas piernas interminables, el vestido acentuaba la cintura... Me sentía una diosa.
Y si no me sentía una diosa, el tamaño de sus ojos cuando me vió fue piropo suficiente.
Por suerte, un amigo al que, en alguna época, le gusté, me acompañó toda la noche. No tenía ganas de hablarle. Me mandó varios mensajes, del estilo: "Que linda que estás", "Si cuando vuelvo seguís así de linda, me caso con vos"... No necesitaba oírlos.
Mi amigo notó algo extraño, y en un momento fue incómodo, porque se pusieron medios competitivos y ambos se dieron cuenta de que compartían un interés común.
Mi amigo entendió mis caras y me acompañó a sol y sombra.
Cuando se iba, decidí no ser tan malvada, y le hablé cinco minutos solos. Me dijo que me iba a extrañar, que se iba en un par de días. Le deseé un buen viaje, que se cuidara mucho.
El día que se iba, me llamó desde el avión. Me pidió que me cuidara. Me recordó: "te quiero".
No hay comentarios:
Publicar un comentario