Chicas
En realidad, creo que este cuento no califica para entrar acá, pero no estoy pronta para disecar a LA GRAN HISTORIA, y como ustedes, atorrantas, no me ayudan, voy a empezar a sacar estos cuentitos cortos de la galera.
No tengo muchos, así que ¡POR FAVOR AYUDA!
Bueno, el hippie y el abogado. El hippie no era hippie, pero en mi casa se lo bautizó como el hippie o el Focker (por la película de Robert DeNiro y Ben Stiller). El abogado, obviamente, estudiante de abogacía.
Ubicación cronológica y espacial: Punta del Este. 25 de diciembre de 2010. Muelle Mailhos.
Arranco:
Era 25 de diciembre, y mis amigas no estaban en Punta. La noche anterior había salido con unos amigos que estaban en la vuelta, nos habíamos divertido, pero nada muy loco. No me gusta salir las noches multitudinarias, soy una abuela.
Decidí salir a caminar. Me sentía media melancólica, y caminar siempre me ayuda. La compañía siempre fiel de la música del celular y las havaianas que ya casi no tienen suela son un sinónimo de libertad para mi.
Cuando llegué a Mailhos, estaban tocando música, por lo que decidí bajar a la playa para escuchar. Al lado mío estaban sentados dos chicos charlando. Tenían cara de tipos bien, nada wow, nada místico. Y durante un rato, me dediqué a escuchar la música, que era mi regalo de Navidad personal: ese rato en paz.
¿Qué pasó? Se me cruzó por la cabeza hablarles. Y como había decidido dejar de ser tímida, lo hice.
- Che, disculpen que los moleste, ¿les importa si me uno?
- No, no, para nada.
Nos presentamos (a todo esto, los locos con una cara de shock interesante) y resultó ser que teníamos mil amigos en común, que habíamos estado en la misma fiesta la noche anterior, y que uno de mis amigos había saludado a uno, por lo que nos habíamos saludado la noche anterior sin darnos cuenta.
Yo no podía creer lo que estaba haciendo. Sabía que no había peligro, pero igual... Una parte de mi cerebro me gritaba: "¡¿¡¿¡¿QUÉ TE FUMASTE?!?!?!", mientras que la otra decía: "dejate llevar gurisa...".
Charlamos horas, nos divertimos pila y me cambiaron un rato la tarde. Me estaba aburriendo de estar sola con mis pensamientos.
Llegó un amigo de ellos, se presentó, muy amablemente, y se unió a la charla.
Al llegar la noche, nos paramos para partir, cada uno por su lado. Me ofrecieron alcanzarme a casa, y, con delicadeza, les expliqué que eran tres desconocidos, que era medio locura... Me dijeron que hiciera lo que quisiera, pero que si me hacía sentir mejor, que yo les decía que calles tomar y punto, ya que no se sentían bien dejando a una chica sola en la calle.
Me llevaron a mi casa. Antes de bajarme, intercambiamos números.
Cené, abrí la computadora: dos nuevas solicitudes de amistad de Facebook. Que divertido.
Charlamos con el hippie y el abogado, pero el hippie parecía más interesado. Y, OBVIAMENTE, a mi me había llamado la atención el abogado. Tenía... algo. Me invitaron a salir, pero decidí que era mejor no hacerlo. No los conocía, una chica sola... Mala idea.
Al día siguiente, me llamaron a invitarme a ir a la playa con ellos y unos amigos.
Llego y estaban: 4 chicos y una pelota de fútbol.
Charlamos un rato, me divertí pila, nos bañamos, jugamos al fútbol... Demostré que, aunque no soy muy linda, soy divertida. Dios le da pan a quien no tiene dientes, ¿no?
A mi me seguía interesando el que no demostraba un ápice de interés por mi. Yo le interesaba al que no me interesaba.
Al caer la tarde, el abogado se tenía que volver a Montevideo a trabajar. Lo acompañé hasta el estacionamiento, riéndonos, y me dijo que el 31 tenía que ir con ellos a una fiesta. Le dije que organizaba con las chicas y seguro, ya que teníamos planes de ir a esa misma fiesta.
Y, mientras volvía a la playa, me dí cuenta de que no entendía nada: ¿Le intereso o no?
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